Yo fui una niña que añoraba pianos. La culpa la tuvo mi madre y creo que todo fue la consecuencia de una discordia familiar: mi abuelo materno ya añoraba la música tanto que, sin tener conocimiento de ningún instrumento musical, fue muchos años presidente de la Sociedad Filarmónica Portuense. Parece que mi madre heredó esa querencia por la música, a la que mi abuela se opuso tajantemente. Para ella –hablo de mi abuela−una mujer de clase media-media podía escuchar complacientemente la música en la radio mientras hacía una tarea más práctica como bordar o coser, pero practicarla era cosa de flojas fantasiosas o –algo mucho peor− de cabareteras. De modo que mi madre acabó cogiéndole un odio visceral a la aguja y, en cuanto yo empecé la Primaria, me puso a recibir clases de piano en el colegio con la ya anciana carmelita Hermana Rosario, después de clase, en lo que yo creo que era clausura. Poco después, la Hermana Rosario me abrió las puertas de esa zona durante las horas de Gimnasia para “pianear” a mi gusto, ya que yo estaba exenta de tales esfuerzos por mi asma. Cosas de aquellos tiempos.
El daño ya estaba hecho: empecé a pedir todos los años a los Reyes Magos un piano. Sólo conseguí alguna vez uno de juguete tamaño máquina de escribir, aunque lo más habitual era que me lo conmutaran por una muñeca de moda. Semejante “fallo” se lo atribuí unos años a que Sus Majestades debían confundirme con alguna vecinita; pero una confusión tan tenaz acabó por originarme un sentimiento del que ya no me he sabido desprender: yo era una incomprendida radical, incluso por mis padres y también por mis amigas, que esperaban tener cuando fueran algo mayores una Vespino, en tanto que yo seguía clamando por un piano.
Inmaculada Moreno
Académica de Bellas Artes Santa Cecilia





