Acuarela de Juan Lara Izquierdo.
Palacio del Marqués de la Candia:
Sede de la Academia de Bellas Artes.

Dibujo de Juan Lara Izquierdo para la Academia de Bellas Artes.
Las puertas llevan más de sesenta días selladas, y el trasiego habitual de alumnos y curiosos se ha visto desplazado por el compás seco y metálico de la obra. Pero que nadie se llame a engaño: este vacío no es síntoma de olvido, sino el repliegue necesario de quien se retira para reencontrarse con su luz. La espera no es vana; es el preludio de un renacimiento donde las artes y el saber volverán a tomar la palabra.
A menudo nos asalta la duda sobre qué habrá sido de esa vida que inundaba las aulas, de esos rincones donde los profesores no solo impartían materia, sino que desgranaban su propia biografía en cada clase. En este paréntesis forzado, la labor docente ha cobrado una dimensión casi mística. Hoy, enseñar ya no consiste en dominar la técnica del claroscuro, sino en aprender a leer la luz cuando todo parece borroso. La escultura ha dejado de ser el impacto del cincel para convertirse en el alivio de quitarle peso al alma cuando la realidad se vuelve de piedra. Incluso la música se ha vuelto refugio, una arquitectura de sonidos que sostiene el ánimo mientras el techo real se recompone. Los maestros de dibujo y modelado nos lo advierten desde su ausencia: crear es, en esencia, otra manera de no dejar de respirar.
Con el edificio en reposo, la Junta Directiva se mantiene firme, en una suerte de guardia permanente. Velan por cada fragmento de historia, con el empeño de que ni una pizca de nuestra identidad común acabe perdida entre el polvo de la reforma. Sin embargo, no están solos en esta resistencia. Tienen el aliento de esos académicos que, puntuales a su cita semanal en el Diario de Cádiz, nos devuelven la institución línea a línea.
Esas columnas son el puente que nos permite sortear el abismo de las vallas. Con la palabra como único pincel, sacuden el polvo del recuerdo y nos susurran que la Academia sigue ahí, observándonos desde el papel prensa. Es nuestro hilo de Ariadna contemporáneo: igual que aquel ovillo salvó a Teseo de las sombras del laberinto, la pluma de los académicos nos sirve de guía hacia el hogar, recordándonos que el arte y la cultura, no se extravía mientras haya alguien que lo narre con ese rigor apasionado.
Antonio Leal Jiménez
Académico de la Academia de Bellas Artes Santa Cecilia





